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viernes, 7 de febrero de 2014

Letras en el atardecer

Sin previo aviso, mi cerebro me rescató cierta historia olvidada, cargada de la nostalgia familiar y pasión por las letras de las que tanto nos gusta escribir a los que de una forma u otra disfrutamos almibarando lo cotidiano.

Hace ya varias décadas fallecía mi abuelo prematuramente a causa de una fulminante enfermedad. Por aquel entonces yo rondaba la decena y mi visión no superaba la cintura de un adulto. Como muchos niños de mi edad, vivía feliz y absolutamente ajeno a desgracias, enfermedades o angustias existenciales. Mis argumentos vitales se centraban en aspectos muy primarios; jugar, no molestar excesivamente y ser educado con las personas mayores -en aquel momento se refería básicamente a todo el mundo-.

El hecho es que a mi abuelo le anunciaron un diagnóstico que derrumbaría al más optimista. Le quedarían mañanas, eso es cierto. Pero el pasado mañana no cabría en su calendario. En su caso sí que se encontraba a partir de ese día echando días para atrás.

Sin un futuro al que esperar, sesudamente planteó un presente poético. Con calma y acierto trató de encontrar lo más cercano al paraíso que había conocido en su dilatada existencia. Buscó con sencillez los lugares comunes en dónde fue más feliz y sintió más cómodo.

Tras un paréntesis de soledad y tristeza de la que nadie puede llegar a ser partícipe por mucho que se esfuerce, mi abuelo llegó a una firme conclusión. En silencio y casi sin destapar su plan final, sus pensamientos fueron siendo ordenados de manera natural para disfrutar de sus últimos meses como mejor sabía.

El primer paso que dispuso, era sencillo; deleitarse como siempre hizo de la compañía de su familia, aquellos por los que sin su amor no hubiera valido la pena pasar por este mundo. Sin hacer alardes excesivos continuó saboreando cada instante a su lado mostrando su humanidad, siempre que su cuerpo se lo permitía.

Al mismo tiempo, regalaría la mejor versión a su fiel musa, su compañera y amada esposa que nunca desfallecería a pesar de los envites. A cambio sabía que podría contar con ella y su eterna sonrisa en los momentos más crudos. Ella era su razón de ser.

Por último, sabiendo de su precariedad física, decidió tomar largo tiempo a su gran pasión: leer. Y leyó, vaya si lo hizo. Mi abuelo, tomó la noble decisión de disfrutar de aquellos libros que de alguna u otra manera le habían marcado su existencia.

Así, con un ritual que había ido perfeccionando a lo largo de décadas de extraordinario deleite, con un tiempo que decidió tomarse de premio a la vida, comenzó a paladear con calmada premura la literatura.

Cada tarde se acomodó en el viejo sillón del cuarto de estar. Aquel sofá de color verde y estampado de pajaritos que tantos atardeceres habían alumbrado sus ojos, dejando pasar el ocaso entre las letras de novelas de intriga y misterio. Dejaba caer su quijotesca figura cruzando una pierna sobre la otra. Metódicamente colocaba su gafas de vista y, con gesto tranquilo, quitaba el marcador del libro para regresar con pasión a su exclusivo mundo.

Comenzó por la estantería situada bajo la escalera. Quería rescatar de los anales de su memoria aquellos libros clásicos que una vez disfrutó pero casi no recordaba. La Odisea de Omero, el Decamerón, Dickens, Lorca, Cervantes o Quevedo.

En ocasiones hacía intervalos con novelas contemporáneas. Ahí se le podía incluso ver esbozar una mueca de satisfacción o fruncir el ceño intrigado con su temática favorita: la ciencia ficción. Poco a poco fue devorando gran parte de su extensa biografía de Isaac Asimov. A media tarde, y según iba finalizando libros, transitaba excitado a otras estantería situadas en diferentes estancias de la casa. Pasó por el cuarto de invitados, por el mueble del pasillo, la habitación azul y su estantería tras la puerta, y en cada una encontraba motivos literarios para volver a emocionarse.

Según consumía más literatura, su maltrecha salud se fue marchitando. Durante las últimas semanas debían llevarle a la cama los libros que deseaba zamparse. Pero hasta el último momento la enfermedad no fue capaz de robarle su hambre por las letras.

Es curiosa la manera en que funciona la memoria. Aún hoy recuerdo su mesita de noche con varios libros apilados esperando ser consumidos por él.


Según pude vagamente escuchar, desde los oídos de un infante que atiende fugazmente una conversación entre adultos algo así como: "fue una manera de entretenerse mientras estuvo enfermo". Yo sé que se trataba de algo más, de una manera épica y valiente de seguir viviendo. De hacerse eterno en las páginas de unos libros que le habían hecho vivir. De buscar lugares comunes en los que comenzar a descansar sin ser visto.


A mi abuelo. A quién aún hoy recuerdo llamarme con cariño "individuo en cuestión".

sábado, 22 de junio de 2013

La quimera del pan y otros relatos

Muy buenas queridos amigos cibernéticos:

Para el que no se ha enterado, el pasado 11 de junio tuvimos el gran placer de publicar el primer trabajo en papel. Se titula "La quimera del pan y otros relatos". Se trata de un pequeño libro de relatos de temática similar a los que estos últimos años han ido desfilando por La isla sin Camarón. 

Comienza con una historia original escrita para la ocasión y que presta su nombre al libro, que trata sobre las vicisitudes que le ocurren a un hombre para lograr llenar el buche y lo complicado de su situación. A esta historia le acompañan dos más, tituladas "Vivir escribiendo" y "Pedro a las puertas del cielo". 

Además, los relatos cuentan con dibujos originales del pintor canario Himar Suárez, que ilustran las historias de manera magistral. La portada está realizada por Fernando Redondo, quien le ha dado un aire personal a la misma, siguiendo los patrones marcados por Alexander Rodchenko de sus carteles soviéticos. Por último, el prólogo ha sido escrito por Daniel Redondo, quien gentilmente a juntado algunas letras para el momento de su publicación. Agradecer públicamente a ellos y a algunas personas más, por su desinteresada colaboración para que este libro se convirtiera en una bonita realidad. Esperando que sea el primer escalón de otros muchos proyectos.

Con todo el entusiasmo posible y mucho cariño, espero que les guste. Y, si tienen ganas, agradezco de todo corazón cualquier comentario, sugerencia, opinión, apostilla, crítica, nota, interpretación, alusión, observación... o lo que les venga en gana. Será recibida con los brazos abiertos. Es mi primera incursión y estoy trabajando en algo diferente, así que cualquier comentario, sugerencia, opinión, apostilla, crítica, nota, interpretación, alusión, observación... me vendrá de lujo para este cercano futuro.

Gracias por estar ahí y haber estado aguantando el peso de mis letras durante los últimos 3 años.

Abrazos y salud para todos.

Quique R.
La isla sin Camarón



Lo pueden adquirir por 8 euros en Canaima.
Calle Senador Castillo Olivares, 7. Las Palmas de GC.


La quimera del pan y otros relatos.

domingo, 27 de enero de 2013

Rebelión en la granja. George Orwel


Hace unos días, el pasado 21 de Enero, alguien comentó que se cumplía el aniversario del fallecimiento de George Orwel. Me recordó lo mucho que me gustó en su momento su novela Rebelión en la Granja. En ella, se observan las nobles intenciones que se poseen cuando uno está en la oposición, y como el poder corrompe, acabando por convertirnos a todos en seres impulsados por el egoísmo y la codicia. En un plano metafórico nos relata la historia de una granja en la que los animales se rebelan ante el poder establecido por el granjero.

Los animales escriben en una pared las reglas que deben seguir para llevar a buen puerto su revolución. Estas son:
1. Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo.
2. Todo lo que camina sobre cuatro patas, o tenga alas, es amigo.
3. Ningún animal usará ropa.
4. Ningún animal dormirá en una cama
5. Ningún animal beberá alcohol.
6. Ningún animal matará a otro animal.
7. Todos los animales son iguales



A George Orwell, escritor y periodista, combatiente en la guerra civil española, se le recuerda a su vez por otra de sus más reconocidas obras. La futurista 1984 en la que criticaba el control opresor del gobierno sobre la población. Es curioso que hoy en día se utilice su famoso término del gran hermano para embobar a las masas ante el televisor. En fin, que cada vez nos vamos acercando más a la sociedad alienada que ya vaticinó en su momento.

Espero que la disfruten y que tengan buena semana.