domingo, 13 de abril de 2014

Desmontando primavera

Recuerdo la brisa marina del sur que me forzó a cerrar los párpados. El sabor del mar y mi mochila cargándose de un sol iracundo. Paladeo el áspero vino de Juansito en las noches preuniversitarias cuando repican las campanas británicas que anuncian el fin de una noche de pintas.

Repaso el primer libro que empujó algunas lágrimas sobre unas mejillas imberbes, aquella novela que ordenaban leer en la extinta EGB. Mi primer y antepenúltimo beso, la infancia, los Beatles, Sabina o Blur, Wonder, Rodríguez, Morrison o Vega… mis iniciales incursiones en la cocina mediante el mojo picón, o el frío de Guajara en la noche lagunera del turno de tarde.

Las imágenes, bajo un filtro vintage, se acumulan en mi cabeza sacudiéndose aleatoriamente con el despertar primaveral. Obligado a pasar una temporada en el sofá -afortunadamente desacostumbrado- revivo en los pasos de una vida optimista. Capitulo imágenes en pequeñas sesiones de sueño, hastío y decreciente dolor, custodiado por amor y gentes.

Y en continuas modorras incipientes el techo se desploma, se desvanecen los muros de mi cálido hogar. Se desfloran recuerdos de páginas escritas en mil historias condensadas en una simple vida que llega a un ecuador acicalado.

Recupero consciencia; empujo garganta abajo un calmante tras un buche de agua con gas y recuerdo que acostumbro a vivir siguiendo los latidos de mi pecho, por encima de los consejos de mi cabeza.

Miro el folio en blanco. Me animo a dibujar sonrisas que nunca olvidaré, personas que no se marcharán. Entra nuevamente un cálido sol por mi salón y apago el cerebro redescubriendo viejos discos que acercan lugares y momentos…


Aún sigo en uno de esos días de verano que duran más que en invierno.

Funambulista. El Médano (Tenerife). Marzo 2014. LISC

Se aconseja escuchar este enlace durante la lectura para evitar contraindicaciones...

lunes, 31 de marzo de 2014

Cuanto te has marchado

Sin dejar de mirarle a los ojos sirvió la copa de vino, como queriendo detener el tiempo. Saboreaba cada instante pues restaba poco en su compañía. Tratando de impresionarla, le dijo algo sobre lo que había pensado en su día acerca de que la belleza está en los ojos de quien observa. Evidentemente, al conocerla se desmoronó su teoría, su belleza estaba por encima de todo eso, cualquiera lo sabría con un simple vistazo.

Mientras, buscó el cálido manto que representa una caricia. En su lugar, afiladas y crueles palabras colocaron tierra de por medio.

De pronto, su cabeza dio un giro al que nunca conseguía acostumbrarse. Procuró mirar a otro lado pero ya era demasiado tarde. Trató con cierta dificultad decir adiós y se ahogó en su angustia. Intentó vanamente ocultar como su mundo se desmoronaba, esconder la triste manera de sentirse vacío cuando ya no existiera.

Aquella moderna cafetería se tiñó de azul oscuro mientras su mundo se sacudía y derrumbaba sin razón.

Al levantarse precipitadamente derramó el vino golpeando la copa torpemente, dibujando su relación en un segundo. Avergonzado, abandonaría la escena del crimen. Se dirigió hacia la puerta dejando caer infinitos besos nunca dados, sueños, sonrisas, futuro, lágrimas… amor.

El sol le engulló dejando unos ojos húmedos, erráticos, desconsolados. Al instante el sabor salado bajo por la garganta maridando a un caldo norteño. De un trago se lo bebió y lloró hacia el infinito sin importarle que la vieran.

En la mesa, una hoja de libreta arrugada mostraba con letra desordenada unas frases que bien podrían ser un plan… o no. Pagó y se marchó desapareciendo en el mismo cálido sol de media tarde.

El camarero, limpiando la mesa, recogió el papel y lo leyó en silencio tras la barra.

Los castillos que no convencen…
Duele más a mi manera…
Puede ser que llegue…
Que se queme la carne en la sartén…
Que me denieguen la dichosa ayuda de nuevo…
Saber que no es lo mismo que dos más dos…
Encarna se toca en el salón…
La canción aburre pero hay que continuar…
La mamá le suelta un bofetón…
Mentiras que se dicen con desprecio…
El alquitrán llega hasta la arena…
Y no saber si es verdad o no lo que te cuentan…
Sube el volumen para no escuchar los gritos…
Con desdén camina mirando el horizonte…
Saber que en Praga hay música no consuela…
Las maravillas que hace ese chico con el balón…
Porque quizás mañana no haya solución…
La belleza está en los ojos de quien observa…
No volverás a llorar sin motivos…
Te quiero. No importará lo que pase, yo siempre te voy a querer.



Imágen extraída del libro "La quimera del pan" realizada por el gran Himar Suárez.

viernes, 28 de febrero de 2014

Sonata para un buen hombre

Alto y desgarbado, de piel blanca hasta llegar a ser transparente, Leandro es un chico especial en su instituto. De pequeño se llegaron a plantear si sería un niño con carencias mentales. Pero sin hacer mucho ruido y de manera inexplicable conseguía aguantar curso a curso el ritmo de los compañeros de su generación. En su cara se podían observar multitud de lunares marrones que le conferían un aspecto extrañamente melancólico, era algo así como un animal de lunares en un cuerpo parecido al de la pantera rosa.

A todo esto había que sumarle una voz afrutada que parecía haberse detenido en los diez años y decidió no acompañar al personaje en su paso por la pubertad. Una vestimenta desaliñada e impersonal, sonrisa de ardilla y boca cargada de dientes que enseñaba sin rubor. Para ser justos también hay que decir que sus ojos, dentro de una cara pálida y punteada, destacaban por enseñar al felino que escondían.

Los últimos años de instituto los pasó tratando de ser invisible -algo bastante difícil pues atraía burlas cada vez que respiraba-, concentrado en entender porqué era tan diferente al resto. Fue habitual verle volar con la mente imaginando ser un miembro más avanzado de nuestra especie, una mutación futura de algo en lo que llegaremos a ser… tras mucho esfuerzo, claro. Pero la realidad era bien distinta; poseía una innata incapacitación para coordinar su cuerpo en realizar cualquier actividad física, de hecho en alguna ocasión era capaz de tropezarse consigo mismo.

En el silencio de su pubertad descubrió la flauta de pan -entre otros descubrimientos relacionados con su cuerpo y el deseo… pero esto ya es otra historia- de la que se enamoró a primera vista. Parecía haber nacido para soplar aquella vara con agujeros.

De manera autodidacta mejoraba a gran velocidad, saltando escalones por encima de sus compañeros del conservatorio, lugar al que le habían matriculado tardíamente sus padres al verlo tan ilusionado en algo.

Cierto día, su profesor de clarinete -instrumento al que pasó rápidamente debido a su mayor gama de colores- escéptico y humillado ante el artista al que poco podía enseñar ya le dijo que había sido tocado por los dioses. Y después de una insípida perorata acabó rogándole que se marchara de su aula pues le dejaba en mal lugar.

Corrió a casa buscando en un viejo libro una frase que le diera algún sentido a su camino.
- <<¡Aquí está!; …el amado por los Dioses muere joven>>, parecía estar advirtiéndole cierto poeta griego.

- <<De acuerdo…>>, agarró el clarinete ansioso y compuso su epitafio sonoro. Una melodía desgarrada, sincera, solitaria y única que apaciguara a quién la escuchase. Que lograra sacar todo lo bueno del ser humano fundiéndolo en un estado de serenidad eterna. Las notas iban saliendo de manera natural, sin presión y bajo unos compases continuos y embaucadores. A medida que pasaban los minutos sentía como si algo en su interior le avisara de que se trataba de una mágica fábula. Una composición jamás escuchada y que difícilmente se lograría igualar.


Finalizó exhausto, tras la media hora más fructífera de la historia de la música. Le dio al pause en su grabadora de mano y cayó en un largo sueño de felicidad. Sonriendo se marchó en ensoñaciones sabiendo con certeza que gracias a su sonata ya sería aceptado por el mundo: la música amansa a las fieras…

Jóven toca el sittar ante la mirada de su mujer e hijo.
India Julio 2011. La isla sin Camarón.

El de la imagen no es, evidentemente, el bonito ser parecido a la pantera rosa del relato, pero es que no tengo fotos de él porque sólo estaba en mi imaginación... ahora también en la tuya. 

viernes, 14 de febrero de 2014

Los 65 del flaco

Si les mento a un tal Joaquín Ramón Martínez Sabina, natural de Úbeda, es posible que no les suene de gran cosa. Pero si les hablo de Joaquín Sabina es más que probable que ya sepan a quién me refiero. Habrá algunos que ni aún así conozcan a este artista, pero a buen seguro hayan escuchado alguna de sus numerosas y exitosas canciones.

El caso es que este señor que me susurró en muchas ocasiones su música y del que una época llegué a aprenderme un largo puñado de sus temas, ha cumplido antes de ayer los 65 años. Aquella edad a la que Paul McCartney nos cuestionaba si seguiríamos siendo amados en la armoniosa When I´m sixty-four (¡ah!, que quiere decir 64... pues nada, disculpen mi osadía) y a la que Sabina tiene la fortuna de que le soporte la incombustible Jimena1.

Y que mejor efeméride que hablar de tal insigne personaje en este blog, que entre otras muchas razones toma prestado de un verso de la preciosa Así estoy yo sin tí su nombre (curiosamente escrita en la isla del Hierro, cuando Sabina era un hippie barbudo). Como ya dije en otra entrada (20 años sin el principe gitano), algún día quizás me arranque a explicar el nombre de este bitácora cibernético, pero eso ya es otra historia...



Foto: Javier Krahe, J. Sabina y Alberto Pérez. 
Cuando era más joven y viajó en sucios trenes que iban hacia el norte.

Para festejar la existencia del autor de tantas maravillosas letras, del etiquetado por algunos como el Quevedo contemporáneo, me apetece rescatarles una canción que me parece increíble y oculta además una bella historia a sus espaldas. Se trata de un tema que se escribió a partir de una carta que el subcomandante Marcos le hizo llegar a Joaquín Sabina en una de sus visitas a México. La carta, al igual que los versos que la acompañaban de puño y letra del insurgente combatiente, fueron recibidos con temor por un Sabina al que se encomendaba la difícil misión de completarlos y hacer con ellos una canción. En cierta ocasión, el cantante desvelaba que tardó años en abordar el trabajo, pues no se sentía capacitado a cometido de tal envergadura.

La historia de esta canción, así como el extracto de la carta y su bello motivo, lo puedes encontrar en este enlace: Carta del Subcomandante Marcos a Sabina. Y a continuación la letra definitiva del tema, dónde se perciben dos tipos de composición diferenciada; las tres primeras estrofas son del Sub. Marcos y las restantes de Sabina.


Como si llegaran a buen puerto mis ansias
Como si hubiera donde hacerse fuerte
Como si hubiera por fin destino para mis pasos
Como si encontrara mi verdad primera

Como traerse al hoy cada mañana

Como un suspiro profundo y quedo
Como un dolor de muelas aliviado

Como lo imposible por fin hecho,
como si alguien de veras me quisiera,
como si al fin un buen poema me saliera...
una oración

Como si la arena cantara en el desierto
los cantos de sirena del mar Muerto
Como si para crecer sobraran las escaleras,
como si escribiera un ciego un libro abierto.

Ven a poblar el zócalo de ojos,
siembra de migas de pan caliente
mis canas de alcanfor adolescente.

Ponle al sordo voz y alas al cojo,
bendice nuestro arroz, nuestro minuto,
como si no fuéramos cómplices del luto...
del corazón.



Mostrando lo poquito que le quedaba de su persona. Fuente: EL PAÍS
Celebrando pues su cumpleaños -sus cuarenta y veinticinco podría definirlo él-, su confirmado disco que en breve podremos escuchar, que hoy es 14 de febrero -San Valentín para los que como yo no prestamos gran atención a ese tipo de citas- y sobre todo, su mayor legado, que es su música y letras, les dejo con algunos enlaces más de canciones en los que se habla de amor/desamor y todas esas historias raras que van de la mano.


Y como dijo algún sabio, cuyo nombre me reservo; quise, me quisieron, dejé, me dejaron, reí, soñé, lloré, amé,... ¡¡pero sigo vivo!!

 
1. Enlace a fantástica entrevista de Juan José Millas a Sabina en la que al final aparece Jimena.

viernes, 7 de febrero de 2014

Letras en el atardecer

Sin previo aviso, mi cerebro me rescató cierta historia olvidada, cargada de la nostalgia familiar y pasión por las letras de las que tanto nos gusta escribir a los que de una forma u otra disfrutamos almibarando lo cotidiano.

Hace ya varias décadas fallecía mi abuelo prematuramente a causa de una fulminante enfermedad. Por aquel entonces yo rondaba la decena y mi visión no superaba la cintura de un adulto. Como muchos niños de mi edad, vivía feliz y absolutamente ajeno a desgracias, enfermedades o angustias existenciales. Mis argumentos vitales se centraban en aspectos muy primarios; jugar, no molestar excesivamente y ser educado con las personas mayores -en aquel momento se refería básicamente a todo el mundo-.

El hecho es que a mi abuelo le anunciaron un diagnóstico que derrumbaría al más optimista. Le quedarían mañanas, eso es cierto. Pero el pasado mañana no cabría en su calendario. En su caso sí que se encontraba a partir de ese día echando días para atrás.

Sin un futuro al que esperar, sesudamente planteó un presente poético. Con calma y acierto trató de encontrar lo más cercano al paraíso que había conocido en su dilatada existencia. Buscó con sencillez los lugares comunes en dónde fue más feliz y sintió más cómodo.

Tras un paréntesis de soledad y tristeza de la que nadie puede llegar a ser partícipe por mucho que se esfuerce, mi abuelo llegó a una firme conclusión. En silencio y casi sin destapar su plan final, sus pensamientos fueron siendo ordenados de manera natural para disfrutar de sus últimos meses como mejor sabía.

El primer paso que dispuso, era sencillo; deleitarse como siempre hizo de la compañía de su familia, aquellos por los que sin su amor no hubiera valido la pena pasar por este mundo. Sin hacer alardes excesivos continuó saboreando cada instante a su lado mostrando su humanidad, siempre que su cuerpo se lo permitía.

Al mismo tiempo, regalaría la mejor versión a su fiel musa, su compañera y amada esposa que nunca desfallecería a pesar de los envites. A cambio sabía que podría contar con ella y su eterna sonrisa en los momentos más crudos. Ella era su razón de ser.

Por último, sabiendo de su precariedad física, decidió tomar largo tiempo a su gran pasión: leer. Y leyó, vaya si lo hizo. Mi abuelo, tomó la noble decisión de disfrutar de aquellos libros que de alguna u otra manera le habían marcado su existencia.

Así, con un ritual que había ido perfeccionando a lo largo de décadas de extraordinario deleite, con un tiempo que decidió tomarse de premio a la vida, comenzó a paladear con calmada premura la literatura.

Cada tarde se acomodó en el viejo sillón del cuarto de estar. Aquel sofá de color verde y estampado de pajaritos que tantos atardeceres habían alumbrado sus ojos, dejando pasar el ocaso entre las letras de novelas de intriga y misterio. Dejaba caer su quijotesca figura cruzando una pierna sobre la otra. Metódicamente colocaba su gafas de vista y, con gesto tranquilo, quitaba el marcador del libro para regresar con pasión a su exclusivo mundo.

Comenzó por la estantería situada bajo la escalera. Quería rescatar de los anales de su memoria aquellos libros clásicos que una vez disfrutó pero casi no recordaba. La Odisea de Omero, el Decamerón, Dickens, Lorca, Cervantes o Quevedo.

En ocasiones hacía intervalos con novelas contemporáneas. Ahí se le podía incluso ver esbozar una mueca de satisfacción o fruncir el ceño intrigado con su temática favorita: la ciencia ficción. Poco a poco fue devorando gran parte de su extensa biografía de Isaac Asimov. A media tarde, y según iba finalizando libros, transitaba excitado a otras estantería situadas en diferentes estancias de la casa. Pasó por el cuarto de invitados, por el mueble del pasillo, la habitación azul y su estantería tras la puerta, y en cada una encontraba motivos literarios para volver a emocionarse.

Según consumía más literatura, su maltrecha salud se fue marchitando. Durante las últimas semanas debían llevarle a la cama los libros que deseaba zamparse. Pero hasta el último momento la enfermedad no fue capaz de robarle su hambre por las letras.

Es curiosa la manera en que funciona la memoria. Aún hoy recuerdo su mesita de noche con varios libros apilados esperando ser consumidos por él.


Según pude vagamente escuchar, desde los oídos de un infante que atiende fugazmente una conversación entre adultos algo así como: "fue una manera de entretenerse mientras estuvo enfermo". Yo sé que se trataba de algo más, de una manera épica y valiente de seguir viviendo. De hacerse eterno en las páginas de unos libros que le habían hecho vivir. De buscar lugares comunes en los que comenzar a descansar sin ser visto.


A mi abuelo. A quién aún hoy recuerdo llamarme con cariño "individuo en cuestión".

martes, 3 de diciembre de 2013

El club del beso

A unas manzanas de mi colegio se cruzó en mi tierno destino un lugar mágico de los que sólo se ven en los cuentos. Un extraño día me adentré en "El caballero de la triste figura", librería que por su aspecto es posible que la hubiera puesto en pié el propio Cervantes.

La primera impresión, tras cruzar su estúpida puerta averiada, no pudo ser peor. Entre libros desordenados , polvo y escasa iluminación se encontraba, tras un diminuto pasillo recargado de novelas de aventuras, atlas del mundo y libros de Carl Sagan apilados debatiendo las leyes de la gravedad, un desaliñado mostrador del que a modo de altar emergía un bajito pero carismático dependiente.

Pidiendo explicaciones con un inexplicable lenguaje gestual acerca de qué coño hacías en su establecimiento, mantenía un atractivo duelo de miradas. Parecía probar a cada visitante para saber si era lo suficientemente duro como para entrar en su establecimiento. Como al tiempo supe, este malas pulgas diminuto era el dueño y señor de aquel extraño espacio. Se trataba de un antiguo mando de las falanges aferrado a los tiempos de la opresión franquista. Su nombre, Don Celestino, poco o nada tenía de ver con su carácter. Tenía una cara redonda y carnosa, algo enrojecida, y unas horribles gafas que no conseguían disimular unos ojos bañados en odio. Su ropa era sencilla y siempre tuve la sensación de que sólo tenía una camisa con la que vestía a diario; una deslucida prenda azul cielo de blancos botones muy parecida a la que utilizaban los barberos en aquel tiempo.

Tras ver el panorama, en mi primera incursión, decidí que no entraría más en aquella cueva en la que habitaba un auténtico ogro. O eso pensaba yo.

Unos meses después, en el habitual recreo que yo malgastaba jugando a un deporte que sólo me ha regalado lesiones, me fijé en una conversación que tenían varias compañeras de clase que se encontraban a un lado de la cancha. Hablaban sobre un club al que hacían llamar: "el club del beso". En ese momento me pareció un club maravilloso al que quería pertenecer y más al venir de los labios de la que era mi musa infantil. Tan inocente que éramos… al menos yo, claro.
La curiosidad pronto se apoderó de mí y decidí averiguar que era todo aquello. Cómo podría entrar a formar parte de un club tan especial y didáctico. Así que fui a la fuente más fiable del momento, el tertuliano de hoy encarnado en un niño de nueve años, Manuel Antonio. Y no me defraudó…

-Lo siento pero no me creo que en la mierda de la librería de Don Celestino esté el "club del beso". Además ese tío sólo besaría al Caudillo si lo tuviera delante, le dije contestando al informador con el mismo vacilón con el que yo creía que me pagaba.

-Tío no seas ingenuo -sí, ya sé que parecen dos adultos charlando, pero es lo que tiene la memoria, que modifica algunos recuerdos… además de que éramos bastante maduros para tener sólo nueve años para diez- no van a dejar entrar al club a todo el mundo. Ese tipo, es como si dijéramos, el guardián del club. El dragón que custodia a las princesas de los cuentos. Además, no viste nada porque es en el sótano. Vete a media tarde y directo al sótano. Si te dice algo dile que te manda Manuel Antonio.

Al cabo de unos días me armé de valor y dirigí mis pasos al sótano de la vieja librería "El caballero de la triste figura". Entré, seguro de mi mismo y se interpuso en mi camino el enano dragón de camisa azul cielo sin mediar palabra. Silencio, duelo de miradas y suelto con titubeos: me manda Manuel Antonio.

-Coño con el niño maricón, otra vez mandando a gilipoyas. Pareces educado, ¿tú padre no habrá votado NO A LA OTAN verdad?
Agaché la cabeza y lo esquivé llegando hasta la puerta que comunicaba con el sótano. Me aventuré escalones abajo soñando con un mundo nuevo y mágico cargado de besos.

La estancia que me encontré fue una extraña composición. Por un lado estaban cuatro chicas de mi clase, las de mayor standing, Manuel Antonio y mi enemigo el señor S (omitiré su nombre por si se le ocurre tomar acciones legales) con el que mantenía una dura pugna en futbol. Y en el medio de ellos una señora de la alta sociedad muy, muy, muy venida a menos. Pensándolo mejor quizá fuera de la alta sociedad en otra vida.

Se trataba de la señora de Don Celestino, que era algo así como la gobernadora de todo lo que ocurría en el sótano. Doña Agustina -alias Doña Croqueta- era una romántica empedernida. También consumidora asidua de fármacos varios y novelas rosa a partes iguales. Había creado "el club del beso" para, según sus palabras: "…los chiquillos tengan un lugar en el que soltar tensiones a base de lengüetazos. Un rincón de desinhibición en el que darse el lote, morrearse o mojar lengua, como se quiera llamar…". Decía a menudo como si de un slogan publicitario se tratara.

Allí las normas eran directas y sencillas. Mientras Doña Croqueta leía algunos pasajes de su lista interminable de libros de ñoñerías, se acercaban unos a otros para darse un rápido piquito austero.

Auspiciaba la ceremonia desde una silla de mimbre, junto a unos libros apilados que hacían las veces de mesita para su ginebra con clipper de limón. Entre los libros, nunca olvidaré una serie de títulos que cambiaron mi vida a partir de ahí: El amor no es un juego, Una mujer inaccesible  o numerosas obras de Corín Tellado. Pero por encima de todos destacaba la obra que guiaba a la señora de la fritura: Regreso al hogar, de su idolatrada Danielle Steel. Esta obra la escuché durante todo el curso de cuarto de EGB de su viva voz. Como si estuviera en misa, seleccionaba pasajes o capítulos según fuera el caso.

A su alrededor, y bajo el manto de una penumbra que motivaba al descaro, dí mi primer beso. Ese día de iniciación nunca lo olvidaré. Me sentía como mi héroe de aquel entonces -Super López-, con energía suficiente como para cambiar el mundo (un mundo de nueve años, repito). Me senté junto a mi musa y amada en silencio. Al otro lado "S", incordiando como siempre. Siendo mi prueba de fuego no podía fallar. Me acerque con los ojos cerrados y le solté un beso a la piba que me supo a gloria. Al día siguiente Manuel Antonio (quién si no) me contó que ella se había movido y le había depositado un casto beso en la ceja izquierda. Pero aún así fue maravilloso.

La sesión duro unos escasos cincuenta minutos. Lecturas de la gurú Steel sin ningún orden, unas cuantas estupideces sobre como conquistar a un hombre de verdad y nos echaron de allí con un simple: ya está bien, lárguense a molestar a sus casas.

Ese mismo año el "Club del beso" se convirtió en el centro de mi vida. Llevaba un recuento de besos en la contraportada de mi libreta de religión. Si supiera el Padre Enrique de que se trataban los cálculos no creo que me hubiera seguido tratando como a un crío, pensaba yo cuando me echaba de clase por cuestionar si Dios está en todas partes…

Los cálculos aún los conservo:
- 37 sesiones.
- 1 beso en la ceja.
- 103 besos.
- 3 intentos de beso de Manuel Antonio.
- 1 tocada de culo de Manuel Antonio.

Pronto, el club del beso comenzó a ganar fama entre los alumnos de mi edad. Pero los miembros iniciales seleccionaban con mimo a los miembros. Debían ser guapos y populares, o por el contrario debería existir alguna atracción por parte de alguno de nosotros. Esta norma se la sacó de la manga la Sra. Croqueta. Así fue como entendí que Manuel Antonio me invitó a participar.

En los buenos tiempos llegamos a ser ocho personas. Sin contar a la oficiosa anfitriona. Besos cada vez más perfectos. Risas y vaciles continuos a Doña Croqueta. Incluso en navidad nos permitimos probar un sorbo del repugnante brebaje que activaba la lengua de la gran dama. Éramos los miembros del club de niños de nueve años más elegante de la ciudad. Nos sentíamos unos afortunados hasta que llego el día temido.

Manuel Antonio debió cambiar de colegio al final de ese curso y fue el fatal preludio de lo que inevitablemente sucedería durante el verano. Aquel gnomo con escasa vocación de librero cerraba las puertas del paraíso a un grupo selecto de afortunados. Su jubilación precipitó el final del ciclo más húmedo de nuestras vidas. Ya nada volvería a ser igual.


Por mi parte, prometí estúpidamente no leer jamás a Cervantes… que culpa tendría él me pregunto yo ahora. Aún hoy paso por la manzana dónde antes hubo una librería de mierda que en su interior ocultó el más bonito club y me parece oír a la gran Croqueta en una lejana letanía temporal… "déjalos entrar Celestino, los chiquillos necesitan tener un lugar en el que soltar tensiones a base de lengüetazos"…

Trinidad. Cuba. 2012
La Isla sin Camarón
Pd: como no tengo a mano ninguna foto de mi infancia. Les adjunto una mía a caballo simbolizando como nos vamos alejando sin darnos cuenta de la infancia y los sueños de niñez, y bla bla bla.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Desobediencia civil.

Desde hace algunas décadas el sistema instaurado en los países capitalistas ha propiciado el enriquecimiento de una parte de la población ante la pasiva actitud del resto. El desarrollo del estado de bienestar ha conseguido que las poblaciones de estos territorios pudieran acceder a derechos básicos que, previo al desarrollo industrial, se concebían como una utopía.

Este anhelado estado de bienestar, obtuvo avances sociales, insospechados hasta ese momento, en asuntos relacionados con la sanidad, la educación, el empleo o la vivienda entre otros. Pero a su vez, con el paso de los años y afianzamiento de este sistema, ha sido caldo de cultivo para aquellos que han visto la oportunidad de, por medios poco lícitos, no conformarse a comer de menú como el resto de comensales. Esta nutrida estirpe social (diminuta si la comparamos porcentualmente con el resto de los humanos) se emborracha vilmente con los dineros ajenos. Están encabezados por la clase política. Pero seguidos muy de cerca, y en ocasiones incluso más feroces, por numerosos colectivos: los financieros (banca, seguros, auditores, gestores), el clero, el poder judicial (jueces, abogados, notarios, y otros muchos del entorno), o empresarios, por citar los más hirientes por su falso status social. Los de falso status lo digo porque frente a sus cargos se les supone éxito y triunfo a la par, aunque no venga acompañado de la ética que deben llevar implícita.

A su vez, el resto de ciudadanos, vamos perdiendo poder adquisitivo, derechos sociales, empleo y hasta la dignidad en algunos casos. Despojados de viviendas, y en clara desventaja se palpa el drama social en cada familia.

En la otra orilla, la banca no cesa de exprimir a pesar de los demostrados hurtos continuos que han hecho. Los ejecutivos expulsados se van con millonarias indemnizaciones bajo el brazo. Roban a la ciudadanía, al Estado y demuestran seguir unos valores económicos insaciables.

Los gestores y grandes auditorías barren para el más poderoso, unos de los mayores culpables de la crisis mundial que estamos viviendo. Al igual que los seguros. ¿Cómo se justifican las catalogaciones dadas a innumerables corporaciones de demostrada insolvencia y dudosa reputación?

El clero, lejos de sufrir los envites del hambre y la escasez, multiplica sus riquezas, incalculables en todo el mundo. Cada vez más parecido a una empresa multinacional en su funcionamiento voraz abriendo más franquicias que el propio McDonald. ¿Dónde quedó la caridad cristiana?

El poder judicial, el más evidente. Nada de esto hubiera pasado si se hubiera aplicado las leyes, si se efectuara justicia. Cada uno de sus estamentos está salpicado hasta el tuétano de razones para desconfiar. Son parte fundamental en todo movimiento ilícito y sobre todo, en las continuas tomaduras de pelo al pueblo (véase las recientes amnistías). Leyes que se modifican en beneficio de los más poderosos o hacer la vista gorda han sido una constante en estas boyantes décadas que precedieron la crisis.

Y por último, el tejido empresarial, auténticos triunfadores y sinónimo absoluto del éxito social sin reparar en las formas. Licitaciones ilegales y evasión de impuestos son grandes logros del mejor empresario. Ahora, el Estado se tira de los pelos para traer las fortunas que depositadas en paraísos fiscales mientras antes se facilitaban los mecanismos para su expatriación. Destrucción del medio ambiente, estafas a gran escala, prevaricación, sobornos… mejor parar pues los delitos que aun se cometen pueden ser interminables. Moralidad cero.

A todo esto, parece que la población se ha quedado petrificada, incrédula ante la situación que nos ha tocado vivir. Mancillados, no reaccionamos. No somos culpables directos de la crisis pero si los que más la sufrimos.

Miramos hacia otro lado cuando nos cambiaron la legislación laboral, incentivando la precariedad laboral, abaratado los despidos e indemnizaciones, disminuyendo las prestaciones por desempleo, suprimiendo la ayuda de subsidio.

Hemos mirado para otro lado al recortarnos continua e impunemente derechos en materia de sanidad; creando el copago o disminuyendo los presupuestos sanitarios generando infinitas listas de esperas entre otros perjuicios vitales.

Hemos mirado para otro lado cada vez que sacan una nueva ley educativa. Leyes que en los últimos años han ido fomentando cada vez más, la segregación de clases sociales y colectivos, la privatización de la misma, y la inaccesibilidad de la clase media-baja a los estudios superiores y de postgrado.

Hemos mirado hacia otro lado cuando los bancos recibían insultantes cantidades de dinero para cuadrar sus cuentas mientras has continuado despojando a los ciudadanos del derecho a una vivienda. Mirándonos por encima del hombro y con los bolsillos llenos se jactan de crear normas a su antojo y controlar la justicia.

Hemos mirado a otro lado, cuando el político de turno se pasea con su vehículo de alta gama ante nosotros, que no tenemos empleo, seguimos perdiendo derechos y tal vez mañana no tengamos oportunidades. Llevamos años inútiles soñando que nuestro voto vaya a cambiar nuestra suerte. INGENUOS.

Por eso hoy y no mañana, pues puede ser demasiado tarde, debemos revelarnos. Hacerlo al fin de una manera que el Estado pueda entenderlo. Ya no basta con manifestarse, pues cada día hay más medidas para callarnos. No basta con rellenar folios como este que se queden en intenciones y sólo consiguen que apretemos los dientes mientras dure el enfado. Es el momento de levantarse y desobedecer. Desobedecer cuando nos sigan pisando. Desobedecer si nos mandan tragar y tragar mientras los que crearon todo esto siguen bailando.

Una manera podría comenzar con algo cercano. Sin grandes pretensiones pero que sepan que ya estamos hartos. Tal vez negándonos a pagar tasas abusivas como ha ocurrido en otros países europeos. Obligándoles replantear si pueden seguir exprimiendo al más débil. Negándonos a obedecer lo irracional. Comenzar a defender los derechos que nos van suprimiendo.

Estamos en el momento idóneo para luchar. Púes quizá mañana no tengamos por lo que hacerlo. Ocupar pacíficamente casas deshabitadas y cerradas por los bancos y sobre todo apoyar y defender al que lo haga. Organizarnos para no llevar a cabo normas abusivas. Presionar de manera subversiva a las administraciones, a los bancos, al Estado… no acatando injustas represalias, no abonando impuestos abusivos, no costeando las consecuencias de esta situación.

Como dijo Henry David Thoreau en su ensayo a la desobediencia civil: Bajo un gobierno que encarcela injustamente a cualquiera, el hogar de un hombre honrado es la cárcel.

 Obliguemos al Estado a rectificar. Volvamos a ser un pueblo generoso demostrando que el poder es nuestro. 


miércoles, 30 de octubre de 2013

Shanghái

Llego con la fuerza de millones de palmas que señalan el epicentro de la economía del país, la capital financiera. La ciudad es un cúmulo de contradicciones, plagada de cromos antagónicos y fotografías que trato de quedarme para, un día cualquiera, regalar a quien quiera escucharlas. Pero ante todo, me lleno de momentos con los que sentirme más unido al mundo o a la realidad. Es imposible tratar de entenderlo todo pero no cejo en el empeño.
Barrio financiero y río Yangtze desde el Bund.
Octubre 2013. La Isla sin Camarón.
La metrópolis sazona las tradiciones con tecnología de vanguardia. Como un alquimista, trata de salpimentar la poción urbana de culturas europeas, americanas, modernidad o historia ancestral. De sabor oriental comprometiendo el futuro del medio ambiente. De edificios que tocan el cielo y desaparecen entre las nubes de polvo. De ríos púrpuras de neón reflejado, plagados de vida en largos hervideros serpenteantes de naves que transportan pescadores, comerciantes y turistas en constantes oleadas.

En los barrios, los rebaños se acumulan atolondrados e inertes esperando que la luz verde empuje sus cuerpos a la vida. Taxis, gritos, regateos, empujones, metros, consumo, horarios.

Sus habitantes se jactan de ir dejando atrás al país avergonzado y retrógrado. Sonríen con orgullo al ver sus mentes abiertas, su optimismo empapado de influencias occidentales del foráneo, aprender idiomas antes impensables, a codiciar el consumismo occidental, absorber turismo y sacar tajada, a querer sentirse uno más en la fiesta...

Curiosa imagen al ver como en una ciudad de 20 millones de habitantes, aún hoy, en las diminutas y pobladas viviendas de los barrios más pobres se tiende la ropa en las aceras, entre farolas o arbustos. Sin miedo al robo pues se tiene la certeza de que esto trae mala suerte.

En la calle comercial más importante de una de las urbes con mayor población del planeta, llamada  Nanjing, puedes tener la suerte de encontrar chinos que escapen del mandarín y te hablen en un inglés básico. Incluso algún buscavidas te lanzará algunas frases o palabras aisladas en tu idioma, si se trata de un comerciante audaz. A su vez, también con algo de fortuna, encontrarás personas paseando tranquilamente en pijama entre el gentío y bullicio continuo. Ante mi asombro me entero que hace siglos, era un signo de poder y fortuna usar pijamas pues no eran accesibles a todos los bolsillos. La naturaleza del ser humano es inescrutable, pues las prendas con los que se pavonean estos ciudadanos se acercan más al algodón o franela que a la codiciada seda oriental.

Los parques son curiosos remansos de paz, en medio de calles en las que en ocasiones es imposible andar. En ellos la población disfruta de cualquier actividad en armonía y en grupos numerosos. Tai chi chuan, bailes modernos, terapias de relajación, cantos, artes marciales, comidas esporádicas o cualquier actividad que se pueda practicar al aire libre se muestran sin pudor ante la normalidad aparente del peatón.
Influencias europeas.
Octubre 2013. LISC. Shanghài.
Jardín Yu. Octubre 2013.
LISC. Shanghài.
Barrios gestados por ricos comerciantes extranjeros imponen cromáticas creaciones arquitectónicas que viajan a países lejanos y otros tiempos más florecientes. Según el prisma, París o Viena, Londres o una pujante ciudad del norte de EEUU. Incluso animándote a bailar al vaivén que marca el río Yangtze puedes ver un infinito escaparate de rascacielos que nada tiene que envidiar al famoso Sky Line de la gran manzana.

En las vías secundarias del centro conviven, al amparo gubernamental, los comercios de imitaciones de grandes marcas mundiales. Atrayendo al turista a un suvenir que nada tiene que ver con el país o sus riquezas culturales/históricas.

Las sombras de la noche, dejan entrever miedos y desengaños de una población saturada. Paralelismos entre creencias como el budismo o las tradiciones culinarias, asemejan a ciudades hindúes atestadas de polución, gentes y desigualdades.

La belleza de la ciudad asombra al doblar cada esquina, colosal, llena de vida y multicolor. Cuidando los detalles virtuosos orientales y respetando las formas. Pero tras sus telones también hay una sociedad que libera un animal que se aleja con odio del pasado y del resto de la nación. Que devora sueños de millones y también crea fortunas. Una ciudad que sueña en colores de neón, susurra al oído de los dioses y se levanta con aspiraciones de hegemonía comercial mundial.

Rascacielos que desaparecen en el infinito.
Octubre 2013. LISC. Shanghài.
Calle Nanjing, masificada. (23:00 p.m.)
Octubre 2013. LISC. Shanghài.
Comercios orientales en cualquier calle de la ciudad.
Octubre 2013. LISC. Shanghài.

miércoles, 9 de octubre de 2013

La plaza de Tian´anmen y el gran hermano

Aún consternado por la humillación a la que es sometida la salud del planeta en Pekín, aterrizo en la Plaza de Tian´anmen. El guía Yang, en un forzado español nos explica, entre continuos tropiezos con el léxico, que se trata de la plaza más grande del mundo. En extensión, claro. Y más importante del país.

Mi mente se dispersa olvidando escuchar sus palabras y rescato hechos que leí hace unos meses, cuando preparaba este viaje, sobre cierta masacre a estudiantes que se encontraban en este mismo lugar manifestándose de manera pacífica en contra del gobierno. Esto sucedía, si no recuerdo mal, a finales de los años ochenta. Me planteo en silencio si es buen momento para cuestionar ciertas cosas al interlocutor que nos acompaña, pues a pesar de que el país ha evolucionado en el aspecto político y social desde entonces, es evidente que aún no gozan de una libertad real y absoluta. Desde mi llegada he visto numerosas pruebas del control que se ejerce sobre la población para que no tengan libertad de información y opinión, entre otras cosas.

Como si mis divagaciones hubieran llegado a oídos de Yang –o José, como prefería que lo llamáramos ¿….?- mediante telepatía, nos explica que esa plaza, así como la contigua Ciudad Prohibida, no son lugares aconsejables para dialogar sobre política. Matiza asegurando que suelen haber espías vestidos de paisano ávidos de cualquier información o sujeto sospechoso.

Desechamos toda referencia al gobierno y llegamos hasta el frontal de la Ciudad Prohibida, que nos recibe con una gigantesca imagen del antiguo líder de la República Popular China, Mao Tse Tung.

Plaza de Tian´anmen y entrada a la Ciudad Prohibida.
Veintiséis de septiembre del 2013.
La Isla sin Camarón.

Postrados ante él, cual súbditos insignificantes ante el imponente semblante del poderoso personaje, Yang rompe el silencio:

- Se dice que es un retrato con similitudes al de la Mona Lisa, con una sugerente mueca de sonrisa en su gesto.

- Sí, incluso parece estar vigilando toda la Plaza desde su posición, aunque te muevas te sigue con la mirada. Respondí sin apartar la vista.

- Podría tratarse del gran hermano. Dijo Yang sin darle importancia.

Retomamos camino bajo el peso de su constante vigilancia y pasamos bajo el retrato mientras recuerdo pensar “¿estaremos ahora hablando de un simple cuadro o de política?”.

Retrato de Mao Lisa o la Mona Tse Tung.
LISC.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Microrrelatos CASA ÁFRICA

Estos dos microrrelatos fueron enviados al concurso de la Casa África "purorrelato". No se consiguió rascar nada pero la experiencia ha sido muy buena, a buen seguro repetiremos. 
Espero que les guste y que hayan tenido un bonito verano.

Del latín expuesto al sol, África.

Cabo Hafun, el calor baja las pulsaciones del abuelo de Makeba, pastor de línea ancestral y costumbres tradicionales. Cubierto en húmedas telas, sueña con que regresen los tiempos de fertilidad que no recuerda. De piel surcada a fuego Somalí, se coloca su koofiyad mientras pasea mentalmente a su rebaño de ovejas y cabras como cada amanecer. Se pregunta qué fue de su rebaño.

Ella, belleza en ébano, limpia el sudor y consuela su alma con ternura. Hace mucho que entendió que en África la humanidad es un valor. Teme la pérdida de su abuelo, de toda su sabiduría, de las historias de superación, guerras y familia. Teme perder África por el camino y no contar con él para regresar a la tierra árida que la engendró.

Abatida aprieta su mano mientras lo deja apagarse, sonando una fantasía moribunda entre sus gemidos: “Makeba… despiértame con la lluvia”.


Pienso en ti.

Agotada, muestras en silencio tus desiertos como respuesta. Perdido el respeto, maciza surcada por ríos y expolios, te elevas una vez más, sabia y orgullosa. Ya no eres la misma que ayer, pero siempre tú.

Majestuosa figura de pelo recogido, erguida cual padaung hablas en voz de homínidos, mostrando orgullosa coloridas alas multirraciales, que sonrojan en continuas disputas internas. Encierras en tu aliento contradicciones eternas del ser humano.

Te justificas en tierra árida, extensas mesetas y amplios ríos. En tus sonoros latidos de djembé o dundun, de paladar extenso gastronómico, ritos divinos que llenan tu alma o en amor perpetuo del que se conoce genuino.


Te alimentas a diario de esperanzas infinitas y la convicción del origen, el vientre de la vida. Sabes que mañana volverás a crear, a susurrar esperanza al mundo. Quizás pudieras no conseguirlo, pero yo pienso en ti. Tal vez incluso, combatas tu destino, pero tu final es el nuestro. 


Playa de las Teresitas.Tenerife. Mayo 2013.
Foto enviada por un amigo hace algunos meses. Gracias.

La isla sin Camarón.

sábado, 22 de junio de 2013

La quimera del pan y otros relatos

Muy buenas queridos amigos cibernéticos:

Para el que no se ha enterado, el pasado 11 de junio tuvimos el gran placer de publicar el primer trabajo en papel. Se titula "La quimera del pan y otros relatos". Se trata de un pequeño libro de relatos de temática similar a los que estos últimos años han ido desfilando por La isla sin Camarón

Comienza con una historia original escrita para la ocasión y que presta su nombre al libro, que trata sobre las vicisitudes que le ocurren a un hombre para lograr llenar el buche y lo complicado de su situación. A esta historia le acompañan dos más, tituladas "Vivir escribiendo" y "Pedro a las puertas del cielo". 

Además, los relatos cuentan con dibujos originales del pintor canario Himar Suárez, que ilustran las historias de manera magistral. La portada está realizada por Fernando Redondo, quien le ha dado un aire personal a la misma, siguiendo los patrones marcados por Alexander Rodchenko de sus carteles soviéticos. Por último, el prólogo ha sido escrito por Daniel Redondo, quien gentilmente a juntado algunas letras para el momento de su publicación. Agradecer públicamente a ellos y a algunas personas más, por su desinteresada colaboración para que este libro se convirtiera en una bonita realidad. Esperando que sea el primer escalón de otros muchos proyectos.

Con todo el entusiasmo posible y mucho cariño, espero que les guste. Y, si tienen ganas, agradezco de todo corazón cualquier comentario, sugerencia, opinión, apostilla, crítica, nota, interpretación, alusión, observación... o lo que les venga en gana. Será recibida con los brazos abiertos. Es mi primera incursión y estoy trabajando en algo diferente, así que cualquier comentario, sugerencia, opinión, apostilla, crítica, nota, interpretación, alusión, observación... me vendrá de lujo para este cercano futuro.

Gracias por estar ahí y haber estado aguantando el peso de mis letras durante los últimos 3 años.

Abrazos y salud para todos.

Quique R.
La isla sin Camarón



Lo pueden adquirir por 8 euros en Canaima.
Calle Senador Castillo Olivares, 7. Las Palmas de GC.


La quimera del pan y otros relatos.

miércoles, 1 de mayo de 2013

A veces cuando escribo


A veces me excito sintiendo mi promiscuidad en las letras, mientras voy devorando renglones sin masticar. Los engullo buscando una relajada digestión en la que degusto mi ilusión.

Otras, en cambio, me cuestiono cada vez que giro sobre mis pasos, me pierdo pisando charcos y maldiciendo cada tilde que mi pluma ha escupido.

Hay momentos sensacionales, en los que me balanceo de izquierda a derecha, dejando que las ideas desciendan plácidamente por mi brazo hasta el papel, posándose taciturnas, y dibujando en su reflejo una leve sonrisa a mi rostro. Son ocasiones en las que después de un coma insondable, con un leve chascar de dedos, comienza a escucharse una melodía armoniosa donde antes sólo hubo silencio y recelo.

Pero lo más habitual, es que el ensayo acabe en frustrante error iracundo de difícil asimilación, obstruyendo mi orgullo y dejándolo en un profundo vacío literario. Las palabras me esquivan, torean mi obstinación y sacuden mi vanidad.

Y es que por momentos caigo, y me quedo en el suelo, por momentos me levanto, e incluso llego a levitar. A veces escribo con los ojos cerrados, y otras el hastío seca la tinta que alguna vez llegó a tener un triste sabor salado.

A veces me olvido de las letras, observando como el folio encoge. Y otras, simplemente dejo que sea el lápiz el que alumbre mi vereda. Escribo por necesidad y algunas veces lo hago por placer.

Vista del Roque Nublo desde el Roque Bentayga.
Mayo 2012. La Isla sin Camarón.

miércoles, 24 de abril de 2013

Vivir escribiendo


El escritor sintió un fuerte dolor en el brazo derecho, seguido de una aguda punzada en el corazón. Cayó al suelo mientras entre gemidos se retorcía de angustia. Hacía bastante tiempo que los médicos trataban de prevenir un trágico final advirtiéndole en numerosas ocasiones. Pero siempre fue de buen comer y tenía muy claro como pensaba disfrutar de su vida.

Al abrir lo ojos, un suntuoso salón hacía las delicias de los invitados. Sintió como si algo le estuviera empujando hasta traspasar el amplio marco de entrada.

Una vez dentro, se produjo un silencio sepulcral. El numeroso público que lo rodeaba se quedó instantáneamente expectante clavando sus miradas sobre él. Se sintió paralizado unos momentos cuestionando que fiesta era esta. Y le invadió un extraño sentimiento de familiaridad con toda aquella gente, como si de alguna manera conociera bien a cada uno de ellos. Se contaban por centenas.

Al momento, un caballero de avanzada edad se le acercó a su derecha y, con una voz que invitaba a seguirlo hasta el fin del mundo, lo saludó cortésmente. Parecía conocerlo bien.

Muy buenas, contestó completamente desorientado. ¿Dónde estoy?, ¿Quiénes son todos ustedes?, ¿Cómo he llegado hasta aquí?... Tratando de entender, lanzaba preguntas atropelladas sin dar tiempo a réplica por parte del caballero que le miraba, a su derecha, con paciencia.

Cálmese, está en el lugar mejor que pueda imaginar. Toda esta gente ha venido hasta aquí por usted, al igual que yo.

¿Cómo dice…?, no entiendo. Respondió el escritor tratando de unir piezas.

Así es, todos están aquí para homenajearlo; a fin de cuentas ha sido usted quien los ha creado. Y seguramente, si cierra los ojos sabrá incluso quien soy yo.

El escritor, tomándose unos minutos para asimilar la situación, comenzó a fijar su mirada en la gente que, aún en silencio, le rodeaba. Advirtió como en primera fila se encontraba la señora Marquesa que había protagonizado un pequeño relato de su juventud, lo supo por su aspecto y por estar junto a un elegante mastín que la protegía.

Así fue, poco a poco, reconociendo a todos los presentes, empezando por los niños mágicos de sus cuentos en la isla de San Borondón, tal y como los había imaginado. Se topó con personajes que ya casi había olvidado a lo largo de una vida de escritura; y así fue como uno por uno se fue reencontrando con ellos: el señor Valentín (el quesero, si no recordaba mal), la tierna niña de los rizos de oro y ojos color verde helecho, al viejo encofrador que helaba con su profunda mirada, al bueno de Pedro Curbelo, el denigrado boxeador cubano, el saxofonista, al príncipe y la corista, y hasta los hermanos Martín, amigos de lo ajeno.
Cuando hubo reconocido a muchos de ellos se detuvo, queriendo saber quien era la persona con la que hablaba. Esta le dijo que cerrara los ojos y se imaginara alguna de sus novelas. No precisó mayor ayuda. Se trataba del narrador que tantas veces había estado en su cabeza, colaborando, letra a letra, a componer las más variopintas historias. Su más fiel aliado, con el que mantuvo no pocas  discusiones a lo largo de su carrera literaria.

El narrador, sabiendo que ya le había reconocido, y conociendo la confianza que en él depositaba, le susurro:

<<Tienes la oportunidad de volver, y seguir creando un maravilloso universo de personajes e historias de las que algún día disfrutarás. Pero no hoy>>

El escritor, de un sobresalto abrió los ojos despertando en una camilla de hospital. Únicamente deseaba tener a mano un papel y regresar a vivir escribiendo.





Jardín botánico Viera y Clavijo.
Febrero 2012. La Isla sin Camarón

lunes, 11 de marzo de 2013

Las bestias que dominan el país


Estas últimas semanas hemos asistido a otra demostración de lo dantesca que puede llegar a ser la actividad política en nuestro herido país. El caso Bárcenas, uno más dentro de una continua escalada de corrupción que no parece tener fin, demuestra hasta dónde pueden llegar estos señores sin tener el más mínimo pudor.

El susodicho ha protagonizado sin rubor un hilarante monólogo del club de la comedia en el que no han faltado chascarrillos con los que salpimentar, las ya no tan secretas y absurdas cuentas de los partidos políticos, de frases y hechos que podrían ser el guión de una película del gran Berlanga.

El espectáculo está en lo más alto y los actores se sienten bien en su papel: que si los continuados viajes a Suiza eran a esquiar (jaja), que si los donativos a las arcas de la calle Génova son de manera altruista (jaja), o que Dolores Cospedal declarase que el extesorero no poseía un despacho en el partido popular, sino un “sitio” en el que movía su ábaco de cuentas de dinero negro, perdón de contabilidad B (¡¡bravo!!, grita el público español).

¡¡¡Estoy harto de que se insinúe que mi fortuna ha salido de los fondos del partido, ha ido creciendo por medio, entre otras causas, de transacciones con obras de arte!!!, grita dolido el Sr. Bárcenas ante el clamor de la función de hoy.

Rajoy, necesitado de su cuota de protagonismo cómico, sentencia: las cuentas de Bárcenas son todo mentira… salvo alguna cosilla… (jaja). ¡Otra, otra, otra!… se escucha desde el gallinero.

Todas estas bestias hambrientas de lo ajeno, se nutren al poseer no solo nuestro capital, sino también nuestra opinión. Acostumbrados durante años a enriquecerse vilmente con la complicidad del ciudadano que aplaude al que demuestra ser más “pícaro”, hemos creado a un ser superior. Otorgándose una potestad, que han tomado como absoluta; creyéndose habilitados a torear las leyes, la moralidad, los ciudadanos, la educación y bailar con la corrupción o prevaricación como el pan de cada día.

Los políticos podridos se multiplican (en todos los partidos cuecen habas), los puestos de poder hermanados con el capital conviven con toda clase de tiburones, que no quieren tirar de la manta a su homónimo, no sea que se les destapen los pies. Entidades financieras con intereses en ejecutar hipotecas o desahuciar, empresariado acostumbrados a defraudar y nadar en paraísos fiscales con consentimiento estatal, procesos judiciales que se alargan hasta caer en el olvido colectivo (costas y lentitud judicial que pagamos todos), fraudes, escándalos, corrupción, corrupción y más corrupción.

Estas bestias, que vimos crecer venturosamente y de la que todos somos culpables, en mayor o menor medida, se contonean sonriendo en trajes caros mientras las generaciones más jóvenes pasamos serios problemas para labrarnos un futuro.

Unas generaciones, de futuro incierto, poco implicadas con la lucha social por las comodidades que nos han hecho creer que poseeríamos indefinidamente. Jóvenes necesitados de estímulos para plantarle cara a este sistema de mentira, que premia a mediocres sin conciencia. Precisan valores sinceros que les motiven. Semillas que empezaron a plantarse en significativos movimientos sociales en los últimos tiempos. Unas generaciones que precisan que germine su disputa lo antes posible plantándose en contrapunto real a las actuales bestias.

Unas generaciones que aprieten por primera vez los puños y hagan agachar la cabeza a los dueños de nuestra sociedad. Sonrojen a los amorales, y hundan a las bestias que controlan nuestro país.

Sospecho que ese día se acerca y como un joven más que mira el horizonte cargado de temor, me rebelaré aventurando una realidad, como mínimo más justa y honrada. Una realidad en la que los que están arriba, gobiernen por el bien de todos.

Viñeta extraida de la web rokambol.com. Marzo 2013.


Escrito por Enrique Redondo. Marzo 2013.